Se incumplieron los compromisos internacionales previstos para que las sociedades del mundo contaran con el antídoto. Todo sigue igual que antes de la pandemia.

Un chico que vende verduras en Dakar se defiende del virus con un tapabocas.. Imagen: AFP

Geopolítica, egoísmo y estupidez se levantaron como un muro infranqueable que cerró el paso a la cooperación y la solidaridad internacional para facilitar un reparto equitativo de la vacuna contra el Covid. La mayor crisis que haya conocido la humanidad después de la Segunda Guerra Mundial se fue prolongando con el mismo esquema: monopolio de la vacuna por parte de los países más poderosos, solidaridad por el suelo e incumplimiento de las promesas y los compromisos internacionales previstos para que las sociedades del mundo contaran con el antídoto. Todo sigue igual, inclusive los estragos que han vuelto a provocar las mutaciones del virus. Más de cien mil nuevos casos, 16 mil personas hospitalizadas y 169 muertos en apenas 24 horas en Francia, 2021 termina muy lejos de las esperanzas con las que empezó el año. La variante Ómicron, más contagiosa y resistente a las vacunas, y la variante Delta ya presente desde el mes de abril incrementaron el impacto de la quinta ola de la pandemia. Las campañas de vacunación masivas llevadas a cabo en los países occidentales a partir de marzo de 2021 permitieron al inicio frenar los estragos de la variante inglesa y luego enfrentar la variante Delta del virus con una condición que acarreará un legitimo debate: el pase sanitario. Sin él, o sea, sin el certificado de un esquema de vacunación completo o un test negativo, el acceso a muchos lugares públicos estaba restringido.

En noviembre de este año, sin embargo, la aparición en África Austral de una versión del virus preñada de mutaciones diluyó las esperanzas: Ómicron es capaz de pasar las barreras de la vacuna y torna necesaria la inyección de una tercera dosis. Con esta variante, la vacuna dejó de ser el arma absoluta, incluso en los países ricos donde el 70 por ciento de la población ya fue vacunada contra 7,5 en África para un total de 56 por ciento de personas vacunadas en todo el mundo. Este rápido esquema solo es válido para los pudientes del mundo que acapararon la mayor parte de las vacunas producidas por los laboratorios occidentales: Pfizer-BioNTech, Moderna, Janssen, Astra Zeneca y Novax (los cinco autorizados por la Unión Europea). La vacuna dividió al mundo no sólo entre ricos y pobres sino, también, entre vacunas legítimas, las occidentales, y las ilegítimas, entiéndase, las producidas por Rusia (Sputnik 5) y China (Sinopharm, Sinovac). Ello ha creado tres tipos de poblaciones diferentes: las que tienen pleno acceso a las vacunas occidentales, las que acceden parcialmente y cuentan sobre todo con las vacunas rusas y chinas, y las que han obtenido migajas. Las vacunas rusa y china fueron descalificadas por razones geopolíticas y no sanitarias. De lo contrario, los países que, como la Argentina y otras 70 naciones, accedieron a ambas vacunas no habrían aminorado el ritmo de las infecciones y de los decesos. La guerra comercial con China y las represalias contra el presidente ruso Vladimir Putin por su respaldo, durante la guerra, al régimen sirio de Bachar el Assad, su apoyo a los separatistas de Ucrania y luego el arresto de los disidentes sustentan el boicot de esas vacunas.

Los porcentajes de la distribución mundial de las vacunas disponibles constituyen un argumento que expone por si solo la fractura planetaria. Mientras en las naciones con poder adquisitivo el suministro de la tercera dosis de la vacuna está muy avanzado, en las zonas pobres del mundo apenas se va por la primera. Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud, explicó hace unas semanas que en los países con ingresos elevados se inyectan seis veces más dosis de la tercera vacunación que primeras dosis en los países de ingresos débiles.

A escala mundial, 30 por ciento de las vacunas contra el SARS-Cov 2 fue administrado en los países con ingresos medios y bajos. 
Esas naciones representan sin embargo 51 por ciento de la población mundial. A su vez, 68 por ciento de todas las dosis disponibles se distribuyeron exclusivamente en 10 países. El mismo informe de la OCDE destaca que entre los Estados que llegaron a vacunar al 40 por ciento de la población no figura ninguno pobre. Hacia arriba o hacia abajo, todos los trabajos realizados por distintos organismos internacionales, expertos o universidades son categóricos: una gran parte del mundo se quedó a la intemperie, expuesto a las inclemencias del virus. Según una estadística de la Universidad de Oxford, sólo 3 de cada 100 personas cuenta con un esquema de vacunación completo en los países mas pobres. En ciertos países de África la vacuna es un bien más exclusivo que el oro: 0,42 por ciento en Chad, 0,06, en República Democratica del Congo, 0,0025 en Burundi. Y estas cifras, así como las proyecciones sobre las contaminaciones, son de escasa exactitud. La Organización Mundial de la Salud estima que, en África, apenas se detecta y se contabiliza uno de cada siete casos.

Una promesa y una iniciativa lanzada por India y África del Sur y respaldada por la Argentina quedaron en papel mojado. 
La iniciativa consistió en pedir que se suspendieran temporalmente los acuerdos comerciales (ADPIC) sobre propiedad intelectual de las patentes y los tratamientos contra el virus. Pese a los compromisos de unos y otros y las expresiones encendidas en torno a la imperiosa necesidad de esa medida, nada ha avanzado. El tema sigue bloqueado en el seno de la Organización Mundial del Comercio (OMC) debido a la oposición de la Unión Europea, Reino Unido, Suiza y Noruega. En cuanto a las promesas, su aterrizaje en la realidad dista de estar a la altura. Los países ricos se comprometieron a donar 2.000 millones de dosis por medio del dispositivo Covax. La cantidad es una lagrima ante la urgencia de vacunar completamente al 70 por ciento de la población mundial sin protección. Estados Unidos ofreció 1.100 millones dosis, la Unión Europea 500 millones mientras que China y Reino Unido 100 millones respectivamente. Sin embargo, cuando se contabilizan las dosis donadas se está muy lejos de las prometidas: apenas llegaron a destino una de cada cinco de las dosis propuestas.

La iniciativa Covax fue, al principio de la pandemia, una de las más ambiciosas. Se trataba de garantizar el acceso equilibrado a la vacuna en todos los puntos de planeta y, por añadidura, distribuir la vacuna gratuitamente en los países pobres. El objetivo inmediato buscaba vacunar al 20 por ciento de la población de 92 países pobres o de ingreso intermedio mientras que las otras 51 naciones con ingresos medios o alto que integraran la plataforma debían pagar las vacunas. 19 meses después, los objetivos no han sido alcanzados. Covax suministró 5 por ciento de las vacunas repartidas a través del mundo y, según reconocen los miembros de la iniciativa, la cifra de 2.000 millones prevista para 2021 no podrá ser alcanzada. Hasta el momento, Covax ha entregado 350 millones. En 2021, las vacunas llegaron con atraso y a veces con fechas de vencimientos muy próximas como para poder llevar a cabo una campaña racional de vacunación. Para muchas naciones, la única alternativa consistió en golpear la puerta de los laboratorios privados líderes en la fabricación de la vacuna y esperar mucho tiempo hasta que alguien respondiera.

Allí donde se mire, la desigualdad es la monarquía reinante. 
El Comité de expertos sobre políticas de vacunación de la OMS (SAGE) indicó que 120 países iniciaron una campaña destinada a promover o suministrar una dosis suplementaria de la vacuna. El Comité aclara que se “trata en su gran mayoría de países ricos o de ingresos medios” y que “ningún país pobre introdujo programas de dosis suplementarias”. En este contexto y con las mutaciones del Covid acechando en todas partes, las dosis adicionales equivalen a producir el mismo desequilibrio mundial. Lo que se da aquí se quita allá. Es una política semejante a un perro que se muerde su propia cola dando vueltas infinitas. El pasado 22 de diciembre, el director general de la OMS recordó que “los programas de repetición de las vacunas sin discernimiento tienen todas las posibilidades de prolongar la pandemia en vez de poner un término a ella. Al desviar las dosis disponibles hacia los países que ya cuentan con un porcentaje de vacunación elevado se le ofrece al virus muchas más posibilidades de expandirse y mutar”. Todo vuelve a su inicio, como un eterno retorno de la tragedia: los suministros globales de la vacuna (lo disponible) irán hacia los países ricos quienes, asfixiados por la variante Ómicron, volverán a monopolizar las vacunas. Los otros vivirán en ese espacio persistente de la lenta agonía y la indiferencia.